Año 230 D.D.G
Tras un periodo de paz el nombre de un sujeto comenzó a surgir entre los piratas hasta hacerse de un renombre mundial… Norman D. Gold, un pirata que en un par de años alcanzó el poder suficiente para consagrarse como un emperador pirata y eventualmente para ser nombrado como rey de los piratas al haber reunido un tesoro inconcebible al cual se le otorgó el nombre de “One Piece”. Durante años el Gobierno hizo uso de todos sus recursos para acabar con este hombre per todo fue inútil y decidieron simplemente dedicarse a contener sus ataques. Gold sin embargo, no parece interesado en destruir al Gobierno o en atacar a sus instituciones, sino más bien en continuar explorando el mundo no conocido estableciendo con su poder una estabilidad no vista antaño en el mundo de la mano de todas las demás facciones. ¿Serás parte del mundo y su avance?. Seguir leyendo...
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El castigo de una noche de verano [Flashback]

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El castigo de una noche de verano [Flashback]

Mensaje por Invitado el Lun Ene 23, 2017 8:53 am

➵ 15 años atrás
➵ Templo budista
➵ Swallow Island
➵ 23:00 PM



Sólo tenía seis años y, aún así, la muchacha parecía haber sufrido el tormento de cien años. Pelo corto y cejas rapadas hasta convertirse en las huellas de dos pulgares encima de sus pequeños ojos,la chica, quien en realidad parecía un chico, se escondía en el bosque, no muy lejos del templo. Sus pequeños pies descalzos habían sufrido heridas casi en su totalidad. Las lágrimas caían por su rostro sucio. Se había escapado de nuevo. ¿Porqué no podía comer la cena como los demás? Habían cosas que escapaban a su entendimiento. El estómago le rugía como si se tratase de una bestia hambrienta. Aquel templo era el único sitio que conoció desde que sus ojos se abrieron al mundo. Los monjes, pretendían ser sus familiares, y aún así, la trataban con un desprecio increíble. Uno de ellos, de unos cuarenta años, intentaba acercarse a veces, pero seguramente la tenía miedo. Todos la tenían miedo. Aunque ella era la más asustada de entre todos.

Shiba-sensei era un hombre que rondaba los cuarenta, moreno y no muy alto. Tampoco muy fornido. De complexión oscura, cejas pobladas y rostro más bien rudo, cuidó de ella desde que se la habían encontrado ante las puertas grandes de madera del templo. Y aún así, la castigaba la mayoría de las veces que quería comer, o descansar, o jugar.Jugar... algo tan normal para cualquier niño de seis años, en cambio, Kotori no lo podía hacer. Las pocas veces que escapaba de aquel sitio era para jugar con alguna golondrina. Estaba lleno de ellas, pero pocas veces alguna bajaba a la tierra, por algunas migas de pan. Pan que por cierto, se rompía de su propia boca para hacer amigos, básicamente.

Su mano pequeña tocaba su estómago. No sabía lo mucho que debía de guardar esas memorias en su cabeza. No sabía que pronto iba a perder todas sus extremidades. Aún disfrutaba del mundo de una manera inocente. Aún cuando las cosas se veían difíciles, su cuerpo pequeño encontraba una manera de seguir adelante. Como ahora. No había comido desde las seis de la mañana, y , aunque hubiese estado en el templo no la hubieran dado de comer hasta mañana por la mañana de nuevo. ¿Cómo se suponía que debía crecer? Los niños se reían de ella porque era muy pequeña a comparación. Claro que ellos aún no sabían que él era una ella. Kotaro, como la llamaban los compañeros, se veía como un niño rubio de facciones serenas y simplonas, cuya túnica quedaba considerablemente mayor que el resto de su cuerpo.

La noche caía sobre toda la isla, haciendo que la muchacha sintiera el peligro de la soledad. Un peligro infundado porque, aunque ella no sabía, no había nadie más en la isla que ellos y las golondrinas. Las pisadas de un adulto se acercaban en su dirección. Sus pies heridos se acercaban más a su cuerpo escuchimizado, con miedo. Desde las sombras, la imagen de Shiba-sensei se dejaba ver bajo la luna. Este se puso de cuclillas, y, con el mango de su túnica, borraba las lágrimas de Kotori.
- Kotaro... Vamos a casa. - una sonrisa cálida, sin pedir explicaciones ni regañar. Un alma que al parecer la entendía. Ella se sobó los ojos durante un momento, para después alzar los brazos hacía el hombre. Este, la cogió del suelo con cuidado, sintiendo los pequeños bracitos apoyados sobre sus hombros. Notó las heridas de sus piernas. Se preguntaba cuanto tiempo la niña viviría de esa forma. ¿Iba a aguantar mucho más? Pero Kotori no parecía enfermarse nunca, pese a las malas condiciones de vida.

Llegaron al templo sin decir nada. Ella, de camino, se había dormido. Un sueño pacífico, que podía disfrutar en las manos de su mejor y único protector. Los sueños malos y las pesadillas se alejaban durante un momento, bajo el tacto del adulto. Pero pronto, la sensación de tranquilidad se veía rota. Susurros a su alrededor la despertaron de aquel sueño profundo en el que se encontraba. Uno de los monjes se acercó a ellos, y cogió en brazos con suma brutalidad. Sus pequeñas manos se intentaron agarrar con fuerza a la túnica de su maestro .
- ¡No! ¡No! ¡Shiba sensei! ¡No me dejes! [i]- gritaba con el rostro lleno de lágrimas, mientras que la cara del hombre que tenía enfrente se volvía triste. No decía nada. Sus manos se habían unido a la altura de su pecho, y su cuerpo se dejaba mover libremente bajo la fuerza que la niña ejercitaba. Como si se tratase de un peso muerto. Cerró los ojos y tragó en seco. La rubia se quedó mirando entre lágrimas. Era tiempo.


Última edición por Hella el Lun Ene 23, 2017 7:37 pm, editado 1 vez
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Re: El castigo de una noche de verano [Flashback]

Mensaje por Invitado el Lun Ene 23, 2017 7:36 pm


Desnuda de cintura para arriba, la piel blanca dejaba ver dos rayas pequeñas, dos cicatrices, a la altura de su espalda. La muchacha se encontraba ahora de rodillas, sabía ya lo que iba a pasa. - ¡Hermano Kotaro! ¡Has desobedecido las reglas del templo de nuevo, y el castigo impuesto de dios es... - ella no entendía muy bien lo que el monje de su lado decía. Sólo sabía que iba a doler. Las costillas se marcaban en una imagen macabra, y hasta dolorosa para cualquiera que lo hubiese visto. Su estómago se veía algo grande, signo de inanición. - 5 latigazos, tres días sin derecho a comida, mil plegarias budistas. - las palabras caían ya como pierdas sobre su cabeza, aunque el castigo no había empezado anteriormente. Sus pies pequeños y magullados se sobreponían uno a otro, las manos sudaban, las lágrimas salían más fuerte que antes. Aunque el miedo hacía su efecto, paralizándola de alguna forma. Temblaba. El primer latigazo resonó con fuerza mientras que el grito de la niña hacía que Shiba cerrara los ojos con fuerza y dolor. Su cuerpo pequeño cayó al suelo para recibir los cuatro más. Los gritos se apagaban en la oscuridad. La sangre brotaba. ¿Había muerto ya? Cuando los demás se hubiesen retirado, Shiba cogió a la niña con sumo cuidado y colocó el dedo índice sobre su nariz. Notó el suave soplo de aire. Por un momento, había pensado en apretar las fosas nasales y quitarle la vida, en un gesto de pena. Pero no... La iba a dejar un poco más... Ella iba a sobrevivir. Sus plegarias a Buda iban a funcionar. - No te preocupes, pequeña. Algún día Buda te devolverá lo que es tuyo, y te devolverá al cielo de donde viniste.

Entraron juntos a la habitación del monje. Se la había encontrado hace poco más de seis años en las escaleras que hay fuera del templo. Estaba en una cesta, metida en una larga bufanda rosada, con una pulsera de oro encima. A la derecha o a la izquierda no había nadie. Los alrededores estaban callados, en una fría mañana. Era extraño que alguien la dejara ahí puesto que él bien sabía que la isla golondrina estaba deshabitada. Trajo un cuenco con agua fría y una toalla limpia, con la que empezó a limpiar la sangre. Rezaba a Buda que aquella niña siga con vida. Había pensado en más de una ocasión matarla con sus propias manos. Le dolía ver como su llama se apagaba cada día más. Consideraba a la pequeña como si fuese su propia hija, y le hubiese gustado hacer algo por ella pero.... las reglas del templo eran demasiado estrictas. ¿Debería haberla dejado ahí de bebe? No, no hubiese tenido ninguna posibilidad de escapar con vida, más que nada porque nadie escucharía sus llantos más que los monjes. Escuchaba como la muchacha se estaba quejando un tanto en su propio delirio, pero no dijo nada. Había esperado más de una vez que un barco se acercara a la isla para poderla mandar allá, pero eso no pasaba muy a menudo. Soltó un poco de agua con sangre sobre la cama, y notó como el blanco se teñía de rosado. ¿No era aquello doloroso? Aunque estaban en un templo, las torturas estaban a la orden del día. Nadie sabía la verdad tras la cabeza de los monjes, pero todos lo obedecían ciegamente. Hasta él.

Pasado un rato la niña despertó. Quería hablar con ella pero no sabía que decir. Después de haberle dado un par de cucharadas de sopa, se sentó delante suya.
- Kotori.  - atrajo su atención, aunque poco podía la rubia ver entre las lágrimas que aún perduraban en sus ojos. - Sé que no piensas que existe un Dios ahí arriba. Pero eso no es verdad. Quiero que perdones como Dios perdonó a todos, y aunque te sientas débil siempre tornes tu cara de los conflictos y los problemas. Tú eres especial. - su mano alejaba un pequeño mechón rubio-. Tú eres un ángel y debes volver ahí arriba por la puerta grande... - susurraba solo para ella, haciendo que sus palabras la metiesen en una especie de trance, una visión. Un sueño. Ella, vestida de blanco y llegada a las puertas del paraíso, que se abrían ante ella y varias personas bajaban la cabeza ante su paso. Sonrió levemente. No sabía que en realidad era un ángel de verdad. Sus pequeñas alitas habían sido cortadas mucho antes que ella tuviese conciencia alguna. - Sensei.. - susurró debilitada. - Voy a hacerme fuerte... - tosió un poco, expulsando un poco de sangre por la boca. - Voy a hacerme fuerte y libre.... Y nos iremos d este infierno... - aún pequeña, demostraba una dureza enorme, aunque sus sueños nunca se cumplirían.
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